Intento (casi) fallido de ver Coco en Venezuela

¿Viste que van a estrenar Coco? Dice mi hermana con un notable entusiasmo que yo no comparto: las películas animadas nunca han sido siempre mi primera opción. Pero es muy linda, todos salen llorando de la sala de cine, agrega, con ánimos de remover mis sentimientos y probarme que soy un ser humano a pesar de las tantas cortezas. Quiere convencerme de verla, aunque llorar tampoco ha sido mi primera opción.

Las hermanas mayores somos una segunda madre, al menos en los países latinoamericanos como Venezuela. Quiero darle el gusto, pero es que comprar un boleto para ver una película en este país equivale a seis días de salario mínimo. Una semana de trabajo por un ticket de cine, en una nación que termina el año 2017 con una inflación que supera el 652% de acuerdo a informes del Fondo Monetario Internacional.

Finalmente decido hacer una inversión millonaria al comprar dos boletos para el día del estreno. Enciendo la laptop, trato de ingresar a la página de compras de la sala de cine… me saluda el cariñoso dinosaurio de Google Chrome, anunciándome que no cuento con conexión a internet. Toco la puerta del apartamento 1B, nadie responde. Llamo al vecino del 1C, verificando si la falla es solo mía o general en la zona: ¿no supiste?  Cortaron los cables de la cuadra, nadie tiene internet. Y Cantv (la empresa proveedora del servicio) ya nos dijo que no tiene material de reposición, responde con hastío el vecino. Se ha convertido en un negocio el corte y robo de cables de la red de telefonía local para vender el cobre en los países fronterizos.

Claro, y ahora ¿cómo compro unos simples boletos de cine?

Si queréis que veamos Coco, vámonos de un vez volando al cine a comprar las entradas, después no lloréis porque se agotaron, le digo a mi hermana.

Aunque la función es a las 4:00 de la tarde, en Maracaibo el transporte público es inhumano e insuficiente. Tienes que salir a tu destino con un par de horas de anticipación. Chatarras sobre ruedas y déficit de unidades provoca que nos rosticemos bajo el sol de mediodía, esperando varios minutos la llegada de algún autobús, carro por puesto, van o chirrinchera. Con tal de no soportar el fuego solar, sería capaz de irme colgada a una grúa, como he hecho en casos de emergencia. Sobre el pavimento hay desperdicios, varios empaques de harina de maíz, un cartón decolorado que alguna vez fue el empaque de un jugo pasteurizado, pequeños vasos de café aplastados y un esquelético perro husmeando entre la basura que encuentra a su paso.

Transcurren 45 minutos, no pasa ningún autobús o carro “por puesto”. Parece que este día no están trabajando ni las carretas arrastradas por burros viejos y cansados que transportan en la ciudad material de todo tipo de chatarra. Pregunto al dueño del kiosco que está en la parada: los choferes de transporte están en huelga por la escasez de repuestos automotrices y el alto costo de la vida. Exigen un aumento al jefe de la alcaldía que no termina de ser aprobado.

De repente me siento en el mundo de los muertos de Coco, como vi en el tráiler. Pero no un mundo como el de la película, colorido y festivo. El de mi ciudad es uno gris, en la que todo funciona poco o nada, de calles desiertas y en la que no hay un camino de lleno de flores cempasúchil que nos conduzca a la plenitud. O sí, sí existe. Es el aeropuerto internacional de Maiquetía. El que cruzará mi hermana en un par de días para emigrar a México. Atravesará hacia al mundo de los vivos y nos quedará su foto en nuestro altar familiar.

Veo pasar un Chevrolet Cavalier azul en la vía en sentido contrario a la parada en donde espero, impaciente, por ir a la sala de cine. Baja el vidrio el conductor y hace un gesto que indica que se devolverá hacia la vía que conduce al centro comercial en el que está el cine. Cerca de nosotras también se encuentra una jovencita. El vehículo se detiene, ella se monta primero, mi hermana y yo después. Cuando cierro la puerta, nos aborda el hombre al volante: ¿hacia dónde van, niñas? Al centro, señor, digo, con la duda pintada en la voz, debatiéndome entre si lanzarnos del vehículo o sucumbir al secuestro en el que, pensé, habíamos caído. Es que yo no soy “carrito por puesto”, solo pretendía recoger a mi hija para llevarla a su trabajo.

Nunca había deseado tanto que se abriera la tierra y me tragase por siempre y para siempre. No se preocupe, señor, mil disculpas, nos bajamos, arrojé con el rostro más apenado que podía ofrecer. No, vale, no te disculpéis, les doy la cola hasta donde necesiten.

Bendecidas y afortunadas, mi hermana y yo, al conseguir nuestro (casi) chofer particular que nos acercará al cine. Solo surge un problema. El carro comienza a desprender un hedor semejante al de una carnicería abierta después de un mes de encierro. Sin limpieza. Con restos de pellejos podridos. Parece que se salió de la olla el alimento para mi perro que traigo en el maletero, dice el hombre, luego de mirar nuestra expresión de asco.

Mientras intentamos superar el hedor asomando nuestras narices por la ventana, la velocidad del carro se redujo hasta detenerse. Me quedé sin gasolina, suelta tan tranquilo el conductor. Si me ayudan a empujar el carro hasta la cola de la gasolinera, las llevo al centro comercial al que van. El despacho de gasolina en la ciudad se ha reducido, producto de las fallas en la petrolera estatal. Resultado: no hay gasolina en una región petrolera.

No es la propuesta más sexy y tentadora que nos han hecho en la vida, pero era eso o irnos a pie, ante la ausencia de transporte. De esa aventura, solo diré que terminé con las manos negras, llenas de grasa de motor y con un tacón roto de mis sandalias.

Llega el momento en que, finalmente, el carro nos expulsa de nuevo a la realidad ardiente sobre el pavimento. Al menos nos ha dejado justo en frente de nuestro destino. Mi hermana y yo entramos a toda prisa al centro comercial en busca de la taquilla del cine. Antes de ésta, se encuentra la feria de comida, en la que se observaba muchísima más gente de lo acostumbrado, colas kilométricas en cada uno de los comercios de personas irritadas pero con el mismo clamor: ¡ojalá pasara la tarjeta, dios mío! Suspiro con pesar y temor. Aquí también hay fallas de internet y en consecuencia, en la red que sostiene las transacciones en los puntos de venta electrónicos.

¿Pero no tienen efectivo? ¿Dónde está? Se preguntará usted. Yo también quisiera saberlo. Porque si voy al banco, me dicen que no tienen billetes. La hiperinflación en Venezuela logra que un vaso de té helado cueste treinta billetes de 100 bolívares. La escasez de efectivo es el panorama habitual en la calle, por lo que se hace indispensable el pago electrónico. Aún con más prisa seguimos nuestro camino hacia el cine, con un único deseo: ¡que sirva el punto de venta!

Llegamos. La taquilla del cine desierta. Para nada una buena señal. La calma en este país siempre es tensa. “Chica, hay punto pero está muy lento. ¿igual quieres comprar? Porque Coco comienza en 5 minutos”, me dice la cajera desde la taquilla. Sudo frío, pasan los 5 minutos pero después de unos instantes salta el papel que refleja la transacción aprobada y ahora es euforia lo que me embarga.

Entramos a la sala, ya la película había comenzado. Mi hermana y yo nos acomodamos en nuestros asientos, la abrazo. Esta será la última película que veamos antes de que se vaya del país. Dirijo la mirada hacia la pantalla, veo cómo Miguel es defendido de un mariachi por su abuela amenazándolo con una chancleta. Recuerdo las amenazas de mi abuela para obligarme a tomar sopas cuando era una niña. De repente me siento en casa.

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