Juan Manuel Prats

Director y novelista David Trueba: El arte puede poner a convivir dos intimidades, la de quien cuenta y quien escucha

Entrevista realizada por Daniela Bracho y publicada originalmente en PANORAMA en junio de 2017.

David Trueba se siente escritor desde niño. No necesitó recibir el Premio Nacional de la Crítica en España (2008) para reafirmar su vocación.  “Los reconocimientos a veces ayudan a que los demás se quiten los prejuicios sobre ti”, refiere quien ha vivido los últimos veinte años, dividido entre sus dos grandes pasiones: la literatura y el cine.

“Escribir era mi vocación, lo que hacía los domingos por la mañana sin que nadie me lo pidiera. El lujo en mi vida ha sido convertir esa vocación en un oficio con el que ganarme la vida. Me siento muy afortunado de seguir soñando como un niño, que escribo y cuento cosas a los demás”, confía a Panorama desde Madrid el autor de 15 guiones y director de siete películas, incluyendo Vivir es fácil con los ojos cerrados (2013), reconocida con seis Premios Goya, entre ellos al mejor director y mejor guion original.

Tierra de campos (2017) es su sexta novela, publicada en abril por Anagrama. El protagonista es un músico y cantante que emprende un viaje hacia el pueblo donde nació su padre para enterrarlo. El lector acompaña a Dani Mosca en un recorrido no solo geográfico sino vital.

El viaje que emprende el protagonista de Tierra de campos, ¿es una especie de reconciliación con esa figura paterna y consigo mismo?

—Sí, las personas cuando crecen ocupan lugares de la vida que antes estaban reservados para sus padres o sus mayores. Al ocupar esos espacios vitales, van reconciliándote con los que los ocuparon antes que tú, comprendiendo mejor sus expectativas y valores. La más larga esperanza de vida de nuestros padres nos ha permitido llegar a esa reconciliación que antes era generalmente imposible. Para mí ser novelista consiste en tener capacidad de mirar con los ojos de otros, de ser cualquiera de tus personajes para alcanzar a contarlos desde dentro.

Sus padres se criaron en un pueblo, luego se mudaron a Madrid. ¿Cómo vivió con ellos el tema del arraigo, de las raíces, plasmado en la novela? ¿La narrativa española está mirando de nuevo hacia el mundo rural?

—Hay una curiosidad en la narrativa y el ensayo actual hacia los lugares rurales, sobre todo por su despoblación. Al final, en la pérdida de raíces que provoca la globalización, es natural que la gente se pregunte por sus orígenes, pero no tengo un acercamiento ni nostálgico ni poético hacia el pueblo. Me considero una persona de mi tiempo y por lo tanto asumo ese desarraigo como algo natural, consustancial a la transformación del mundo. Somos la primera generación que ha emprendido ese camino sin regreso y resulta evidente que hay que contarlo. Hasta ahora he visto muchas regresiones nostálgicas, una cierta mirada angelical sobre el origen, pero la verdad es que estamos en una encrucijada mucho más potente y desafiante que no puede resolverse con una nostalgia de usar y tirar. La raíz quiere decir hoy algo completamente distinto a lo que significaba cincuenta años atrás.

Podría describir cómo fue su infancia, si había estímulos en el ambiente que le llevaran hacia la escritura, hacia el cine…

—Yo era el pequeño de ocho hermanos, de una familia humilde, así que mis padres eran trabajadores sin estudios, pero que valoraban mucho la cultura y lograron que todos sus hijos alcanzaran la universidad. Vivíamos en un barrio obrero, sin ningún familiar vinculado a la cultura o el arte, pero desde muy temprano mis padres tuvieron ese deseo que de lográramos trascender nuestro origen a través de los estudios. Los valores del esfuerzo y la humildad siguen formando parte de mi manera de ser, se lo debo a ellos, y son mi guía cuando todo se desvanece en la superficialidad del mercado y los prestigios artísticos.

Ha publicado Abierto toda la noche, Cuatro amigos, Saber perder, Madrid, 1987, Blitz y Tierra de Campos. En cada uno encontramos personajes con muchas dudas existenciales…

—Es que considero que las personas que no tienen dudas han alcanzado la satisfacción y ese es un estado vital que me produce asco y pena. Creo que nuestro camino está labrado de dudas, de cuestiones que somos incapaces de resolver y lo importante es plantearte las preguntas correctas, aunque nunca encuentres las respuestas satisfactorias. Por eso me ofenden los dogmas, porque son respuestas anteriores incluso a las preguntas, al proceso de ahondar en la duda. Tanto en política como en religión o en lo social, los dogmas me repelen. Así pues en lo artístico y lo narrativo me repelen aún más.

También es una historia sobre un cantante. ¿Le gusta la música? En el programa Late Motiv se atrevió a cantar…

—Bueno, me pidieron que cantara la canción que compuse de joven para mi grupo y hacía años que no lo hacía, fue divertido y sobre todo poder hacer las cosas tan mal, odio a la gente que sale en la tele solo haciendo lo que sabe hacer bien o fingiendo que es alguien perfecto, creo que falta un poco de diversión y humildad, las entrevistas a ratos me aburren así que trato de encontrar cosas para divertirme mientras las hago, pero la música ha sido muy importante en mi vida, tanto como aficionado, como en las veces que he dirigido programas sobre música, he colaborado con músicos o he trabajado en la música de mis películas. Creo que la potencia de la música no la alcanza nada, ni el cine ni la literatura. Mozart o Bach no tienen rival, ni tan siquiera Velázquez o Goya ni Flaubert ni Scott Fitzgerald pueden alcanzar su profundidad emocional de manera tan directa.

En 2009 ganó el Premio Nacional de la Crítica en España. ¿Se sintió más ‘escritor’ después de eso? Demostrando que no era solo un cineasta que también escribía novelas.

-—No, yo me he sentido escritor desde que era niño. Escribir era mi vocación, lo que hacía los domingos por la mañana sin que nadie me lo pidiera. El lujo en mi vida ha sido convertir esa vocación en un oficio con el que ganarme la vida. Me siento muy afortunado de seguir soñando como un niño, que escribo y cuento cosas a los demás. Los reconocimientos a veces ayudan a que los demás se quiten los prejuicios sobre ti o que te lea más gente, pero le doy más valor a esa sincera vocación, creo que el premio mayor es sentir que haces lo que te gusta hacer.

“El público conecta con las cosas más directas, menos alambicadas” se lee en Tierra de campos. ¿Lo considera así?

—Se refiere a las canciones, que tienen esa virtud de lograr que desde lo simple y sencillo se alcancen grados increíbles de identificación y placer emocional. Pero creo que sí, que en el cine y la literatura también tratar de alcanzar la sencillez, de que lo que has hecho parezca fácil es todo un reto. No soy exhibicionista y me gusta que el trabajo que hay detrás de cada obra sea algo oculto a la vista de quienes las disfrutan, es un esfuerzo íntimo que conviene preservar, porque ni beneficia a la obra, ni la hacen mejor. Tu esfuerzo es tuyo y es innegociable, pero luego hay que aparentar la sencillez más absoluta.

David Trueba estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid y en 1992 partió a Estados Unidos para realizar un curso de guion en el American Film Institute, experiencia que le permitió ampliar su visión cinematográfica y reafirmar  su vocación de escritor y guionista de cine.

—Al iniciar su carrera de cineasta, ¿se sintió intimidado por la figura del hermano mayor, Fernando?

—Sí, un poco. Fernando había cobrado una importancia grande en el cine español y su apellido pasó a ser sinónimo de trabajo bien hecho y éxito. Es obvio que eso es un peso para la experimentación de todo el que inicia su carrera en ese terreno. Pero también lo sentí como una exigencia mayor y poco a poco me di cuenta de que era una ventaja, de que nadie te iba a dejar sobrevivir si no alcanzabas un nivel de calidad, que te iban a mirar con lupa, como decimos aquí. Para mí todo eso fue motivador y no puedo imaginar otra forma de hacer las cosas.

¿Fue un conflicto para usted ese momento en que quería escribir guiones de películas, rodarlas, pero también escribir novelas? ¿Alguna vez consideró retirarse de un campo para dedicarse exclusivamente al otro?

—Sí, lo he considerado en ocasiones. He estado varias veces a punto de abandonar el cine porque no podía levantar algún proyecto o tenía que trabajar en condiciones demasiado precarias, pero siempre he vuelto a mirar esos oficios como dos privilegios en la vida, a los que uno no puede renunciar ante las primeras dificultades, sino que están hechos de perseverancia y un grado alto de testarudez. El hecho mismo de combinar ambas profesiones, me ha dado mucho ánimo, me ha mantenido firme en la vocación y he usado una y otra como plataformas de supervivencia cuando he sentido que las cosas se ponían demasiado difíciles. Me gusta hacer ambas cosas y las disfruto igual, así que trato de saltar de una a otra cuando tengo una obra que hacer, algo que contar.

En sus historias siempre está presente algún elemento con gracia, un guiño que hace sonreír al espectador/lector a pesar de todas las tragedias que pueda vivir el protagonista. ¿No concibe la vida sin humor?

—No, para mí el humor es intrínseco a la supervivencia, a la lucha, a la resistencia. No creo que exista ninguna obra imperecedera que no contenga alguna dosis de humor, es un ingrediente necesario, porque está en la vida, en la forma de ser de las personas y por lo tanto tiene que trasladarse incluso a la mayor de las tragedias, aunque sea por contraste. Qué mejores maestros para entender la importancia del humor que Cervantes o Shakespeare.

Sobre Vivir es fácil con los ojos cerrados (2013). Todo comenzó con una matrícula puesta en la pared de la casa de un amigo: Almería 1966…

– Sí, ese era incluso el título que daba en mi cabeza al proyecto original, Almería 1966. Luego surgió la mezcla de la historia del profesor, basada en un personaje real, y también la del corte de pelo del chaval, anécdota que había sucedido en mi familia y que yo conocía por mi madre. Fue vincular ambas historias lo que hizo que surgiera la película. Suele suceder así, varias impresiones se rozan en tu cerebro y provocan la chispa del cuento.

¿Comienza a escribir un guion con cierto tipo de esquema, pasos a seguir o es muy libre en ese momento?

—De inicio soy muy libre, pero poco a poco trato de sentar las bases narrativas. Para mí, el bien contar una historia es un corsé, pero un corsé que me estimula. Lo narrativo contiene de manera innata un modelo de comunicación que me resulta válido. En muchas ocasiones se trata de huir de fórmulas establecidas y plantillas ya resueltas, pero eso no significa renunciar a contar como se cuentan las cosas. La pervivencia de la ficción tiene que ver con la estructura del relato y la potencia de los personajes, no tanto con la autoría ni con las fórmulas industriales de consumo. Espero que se me entienda. Para mí contar bien una historia nace de los relatos originales de la primera comunicación, casi te diría con las pinturas primitivas y persiste porque en esencia es un instrumento fundamental para pasar información de unos a otros, entre generaciones y disciplinas.

—Al momento de construir los personajes de sus novelas y películas: ¿existe alguna diferencia entre ambos?

—Sí, absoluto. Los personajes de novela se aprovechan de infinidad de modos de mostrar lo que piensan o son, lo que les pasa adentro. Tanto si lo haces, como si renuncias a ello, estás estableciendo un personaje muy concreto. En cambio, los personajes de las películas necesitan una explosión exterior, serán juzgados y construidos por sus acciones, por detalles externos, por cada pequeña forma de resolver cada actividad. En las películas son personajes visuales y en la novela podrían llegar a ser personajes de enorme pasividad pero con una poderosa evocación intelectual. No significa que estos dos tipos de personajes no se crucen o se invadan y que esas formas de construcción no se compartan entre ambas disciplinas. Hoy en día, cada vez hay más películas influidas por el relato literario y más novelas determinadas por la cultura cinematográfica. Es normal en una sociedad de formación mestiza como la nuestra.

En su diario de rodaje de Vivir es fácil con los ojos cerrados, usted escribió: “mis hábitos de novelista me hacen un director intratable”. ¿Por qué?

—Porque el novelista es solitario, agónico, incomunicativo y febril. Y el director en muchas ocasiones tiene que ser guía de los demás, abierto y extrovertido. Suelo generar muy buen ambiente en mis rodajes, pero por dentro estoy yo como una olla a presión, que no sabe sacar, no tengo manera de contar, todo lo que me pasa adentro. Es muy frustrante para mí y al componer un diario sincero tenía que decirlo, no podía dejar de contar algo que me pasa ya casi en cada rodaje como un hábito personal. A algunos de mis colaboradores les sorprendió leerlo, no podían imaginar que sufriera tanto pese a mi buen humor casi perpetuo.

En otro párrafo del diario, también dice: “Nunca he aspirado a hacer una película importante, sino particular. Para mí el lujo está en otro lado”. ¿En dónde está ese lujo?

—En hacer algo tuyo, intrínsecamente personal, pero que tenga resonancia particular para otros. Para mí el arte cuando se comunica puede llegar a lograr el mayor misterio de la humanidad, poner a convivir dos intimidades. La intimidad de quien cuenta algo con la intimidad de quien lo escucha. Solo en la disciplina artística se logra eso, unir dos intimidades sin quebrarlas por la presencia de alguien ajeno. Por eso no creo en el público, creo en tú y yo. En el que se sienta a leerte y despierta de nuevo el fuego que te hizo escribir el cuento.

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